Nadie Salvo Tú lo Sabe
Autor: Douglas Rushkoff
El impacto de la tecnología digital en nuestras
mentes y conductas es un campo que está aún relativamente inexplorado, lo que
significa que tú eres la única persona capacitada
para hacer esa evaluación.
Acabo de salir indemne de la producción y
distribución de otro documental de PBS, titulado Digital Nation (Nación Digital), que versa sobre los
medios y la tecnología. ¿Qué he aprendido tras dos largos años de investigación
enfocada en el impacto de la tecnología digital en nuestros cerebros,
emociones, conductas y cultura? O, lo que es más relevante para nuestra
comunidad, ¿cómo cambia la vida en una cultura digitalmente conectada, la forma
en la que las personas se interrelacionan en el mundo y la vida real?
La verdadera respuesta es que nadie sabe a ciencia
cierta cómo estas cosas nos afectan.
Quizá no sea tan sorprendente. ¿Cómo se podría de
veras medir tal cosa? Aún no hemos sido capaces de medir el impacto de la
televisión en los cerebros y las conductas de la gente; y nadie planea hacerlo,
más allá, no obstante, de algún que otro programa de investigación que tal vez
ayude a alguien a venderte algo.
Aunque dispusiéremos de dinero y fondos, de todos
modos el esfuerzo en sí sería con toda probabilidad fútil. Huelga decir que
podríamos someter a la gente a resonancias magnéticas para estudiar su
actividad cerebral mientras juegan con el ordenador o leen libros. O acaso
podríamos estudiar la forma en la que las diferentes áreas de los cerebros de
distintas generaciones han aumentado o encogido.
Pero, a decir verdad, ninguno de dichos cambios ocurre
de forma ajena a otras causas y efectos. La televisión formó parte de un enorme
cambio en nuestra cultura y conducta; pero ¿fue debido al hecho de que los
televidentes se sentaban a ver un tubo, en lugar de escuchar la radio (o antes
de eso, dicho sea de paso, a alguien tocando el piano)? O ¿fue más bien el
resultado del nuevo estilo de publicidad a la que se les exponía: aquellos
anuncios de 30 segundos muy molestos?
O, en un contexto aún más amplio, ¿se produjo el
cambio debido al nuevo impacto de las marcas nacionales y la investigación
psicológica detrás de ese desarrollo, antes de lanzarlas –vía televisión– ante
el público en general? Y ¿si la televisión hubiera empezado con un modelo “de
pago”, como el de HBO, en lugar de un modelo basado en el patrocinio comercial,
como el de CBS? ¿O incluso un modelo basado en la financiación pública, como la
BBC?
Asimismo, es difícil diferenciar los efectos de los
videojuegos con los de los chats online, de la publicad de banners y de
simplemente sentarse frente a una pantalla iluminada a 35cm de tu cara. Podemos
descubrir algunas cosas, como el hecho de mantener abierta la ventana del
programa de correo electrónico detrás del documento en el que estás trabajando,
hace que seas el 50% menos eficaz que si dicho programa estuviera cerrado, o
que alguien que es más alto que tú, en una
simulación virtual, disfruta de una enorme
ventaja negociadora en el mundo real.
Pero, hasta que no obtengamos auténticos resultados
de investigación dentro de una década –si es que los obtenemos alguna vez–, la
única manera que tenemos de medir el impacto global de vivir en el mundo
digital es cómo hacerlo en el ámbito personal. ¿Cómo me hace sentir el uso de
una tecnología determinada? ¿Me hace sentirme más o menos conectado con la persona
con la que estoy comunicando? ¿Es más probable que pierda los estribos cuando
comunico a través del correo electrónico? ¿Me cuesta menos tiempo, o en
realidad más?
Además, tenemos que afrontar el hecho de que lo que
sentimos puede que no sea lo que somos realmente; como un borracho, a veces
estimulamos de más nuestras capacidades bajo su influencia. Como ha aprendido
uno de los científicos con los que trabajamos en Digital Nation, cuando las personas piensan que se están llevando múltiples
tareas de forma eficaz, de hecho están cometiendo muchos errores que no
cometerían si estuvieran realizando una sola tarea. Asimismo, es de suponer que
las personas se sientan a veces más cercanas a otras online, pese a que algunas
de estas relaciones tienen de veras menos intensidad y sustancia tangibles.
Y de nuevo, todas estas
percepciones se ven desvirtuadas y obnubiladas por las personas y cosas con las
que nos relacionamos a través de estos dispositivos. Un ordenador parece y
siente distinto para una abuela que lo utiliza para comunicarse con sus nietos que
para un trabajador que se sirve de él para defenderse de las órdenes de un jefe
iracundo o de las quejas de los clientes. El ordenador no es más que el
mensajero.
Sí, nuestras tecnologías digitales poseen
sus propios sesgos: el teléfono móvil nos hace más vulnerables a los aguijones
de otros; Internet nos hace formar parte de un mayor número de distintas
afiliaciones de personas; los videojuegos aumentan nuestro nivel de dopamina.
Pero ahora que estas tecnologías se han asentado en nuestras vidas, puede que
los sesgos de nuestras tecnologías estén subordinados a las formas en las que
elegimos utilizarlas.
El truco, al menos para mí, es
desconectarme de lo digital el tiempo suficiente como para orientarme de nuevo;
en primer lugar, para restablecerme como forma de vida orgánica, y sólo en
segundo lugar, como presencia virtual. Y durante estas pausas, recuerdo lo que es
prioritario –para mí, para mis allegados, mis colegas y mi sociedad.
El botón de reactualización definitivo es reunirse
con gente en el mundo real.